Medio año acuarentenado

   Cuando el 20 de marzo comenzaba la cuarentena, u oportunamente conocido como "Aislamiento Social Preventivo Obligatorio" (ASPO), todos sabíamos que no iba a terminar el 31 de marzo (fecha inicial de finalización de la primera cuarentena), pero nadie imaginó tampoco que hoy, seis meses después, estaría escribiendo aún desde la cuarentena continuada de aquella fecha. 

   Comenzamos en en último día de verano, pasamos el otoño, el invierno (e incluso volvimos para atrás) y llegamos a la primavera. Hemos visto a la mitad de la población argentina festejar su cumpleaños en cuarentena, y los que hemos festejado en etapa de cuarentena absoluta, hemos envidiado a los que han festejado en etapa de cuarentena limitada.

   Pero vamos por etapas... El comienzo de la cuarentena, se inició a la par con mis vacaciones. Efectivamente ese viernes que comenzó todo esto, comenzaban mis vacaciones, luego de un año exacto de no tomarme ni un día.

   Automáticamente, mis vacaciones, se vieron modificadas en vacaciones en casa sin salir salvo para ir a comprar, y literalmente en 21 días de vacaciones, salí dos veces solamente a comprar al super de la cuadra. Posta, pasó eso. Y extrañamente la pasé excelente. 

   Me creí que había nacido para eso, y posta lo disfruté. No es que por la cuarentena, aproveché a trabajar desde casa y las dejé para más adelante. Nada de eso, las tomé y disfruté hacer absolutamente nada y ver lo lindo que eran las horas tan eternas, donde hacía lo que quería a la hora que quería.

   Aproveché a renovar parte de casa, mover cosas de lugar una y otra vez. Conocer el mundo de la harina y sus derivados. Que animal noble es la harina. De repente la botánica y la pastelería se convirtieron en mi estilo de vida. Aproveché el encierro del virus covid, para sobrellevar un posterior virus zombie, incluso.

   Y las vacaciones terminaron, y había que volver a trabajar. Pero volver a trabajar era sentarme en la mesa de casa y entrar a las aplicaciones laborales y seguir con la misma rutina. Arranqué un 13 de abril, que para todo esto, estábamos por comenzar la tercera parte de la cuarentena, pero aún todos jugábamos apuestas sobre si terminaba a fin de abril o a fin de mayo. Que sociedad ilusa...

   El laburo resultó ser un caos, porque literalmente nadie había hecho absolutamente nada, pero la verdad que no me sorprendí, así que como buen esclavo, me puse a trabajar retroactivo por tres semanas de licencia, más lo nuevo que surgía, pero el buen humor de esta vida no me la iba a sacar nada ni nadie.

   Podría ponerme a detallar lo feliz que andaba sin problema alguna con esta nueva normalidad, pero no terminaría más. La cosa es que llegaron, sin darnos cuenta, los primeros 30 días. Luego los 60. Y a partir de los 80 días, la cosa cambió.

   Para comienzos de junio, con el eclipse acercándose, y la recta final a mi cumpleaños número 35 (que aún no puedo creer tener 35), toda la alegría que manejaba se fue al trigésimo sexto subsuelo.

   Pasé a entender el por qué de esa alegría, y ese fue el motivo del comienzo de la tristeza. Caí en la cuenta que todo el tiempo que me encontraba aislado me daba falsa felicidad, porque era la excusa perfecta para no asumir que ya desde antes estaba solo sin ánimo de cruzarme a nadie.

   Hace ya muchísimo tiempo que siento que tengo el alma rota. Sin sentimiento por nadie y sin posibilidad de volver a sentir, a tal punto que me da fobia conocer a alguien que a los 5 minutos me resultará aburrido. Me encantaría encontrar quien mueva mis esquemas y volver a amar porque aunque ya grande, aún puedo comenzar algo. Pero, por otro lado creo que ya me tocó ese nivel de amor, y se gastó. Como que no renuevo las energías.

   Me encantaría conocer a alguien, pero como que no quiero conocer a nadie. Como que ya conocí, ya amé, ya pasó, y no se va a volver a repetir que ame de esa manera. Y cuando pensé que los recuerdos y yo habíamos hecho un pacto de no agresión, volvieron para no irse más.

   Y llegó Julio, y con su llegada, mi cumpleaños. y con Julio también volvió la cuarentena a fase 1. Así que pasé 24 horas de encierro total, bajando a recibir regalos pero a nadie a quien abrazar. Fue lindo sentirme tan querido con tantos regalos. No recibía tantos regalos desde que tenía 8 años y todos traían juguetes, total los compraban los padres de mi compañeros de colegio. Pero juro que cambiaba todos los regalos, por poder hacer una reunión por más mínima que sea.

   Corté el trabajo al mediodía, me preparé una torta para mi solo y me autocanté el cumpleaños para hacer algo distinto al día anterior y al día posterior, ya que todos estos días han sido bastante iguales. Me sentí acompañado con todos los saludos a la distancia y particularmente me emocioné con el saludo de mí sobrino, a quien no veo desde su cumpleaños, en la primera semana de marzo.

   Con agosto, llegaron los cumpleaños de mi madre y mi hermana, a quienes tampoco pude ver, ya que capital y provincia no son compatibles para cruzar y poder saludar, y al igual que a mi sobrino sigo sin verlas hace más de medio año.

   Y con septiembre solo llegó la primavera, hermosa estación del año para todos los alérgicos como yo, que automáticamente nos convierte este año en asesinos seriales por estornudar, como lo hicimos siempre. Y sí, estoy siendo irónico.

   Y el 20 de septiembre, llegamos al fin del invierno y a los 6 meses de cuarentena. Y hemos tenido que escuchar infinidad de boludeces como que es preferible las depresiones que tener el virus. Porque aunque estemos en el año 2020 y en medio de una pandemia por un virus, las enfermedades mentales, la depresión, trastornos y estados anímicos y/o psicológicos, siguen siendo un tema tabú en la sociedad.

   Este posteo lo empecé a escribir el 20 de septiembre y la idea era publicarlo justo a los 6 meses, pero la realidad que recordar mes a mes cada estado de ánimo lleva su tiempo, y al fin y al cabo, hoy siendo 27, aún seguimos encerrados.

    Y quiero que todo esto termine, pero también quiero sanarme antes. Tengo la ambivalencia del temor al afuera, y no por un virus, sino a mi vida en general. Y necesito un abrazo, pero no un abrazo cualquiera, sino un abrazo de "esto también pasará". Pero a su vez, tengo miedo a recibir ese abrazo y no sentir nada. Como no siento nada, o como en realidad siento, pero donde no debo sentir más nada ya.

   "Todo tiempo pasado fue mejor", no creo que el pasado sea mejor que el presente. Pero es cierto que en el pasado sentía, y ahora solo espero sentir. Ese pasado siempre golpea a mi puerta, y espero siempre que golpee a mi puerta en realidad y no solo en mi mente. Pero supongo que es algo que si bien no superaré, deberé aprender a vivir con eso.

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